domingo, 5 de julio de 2015

Oniria (10)

Parte 10

Fernanda caminaba por la acera de la calle estrecha y adoquinada, muy típica del norte del pueblo, la mañana era fresca y cálida, podía respirar profundo y con tranquilidad, había dormido bastante bien, sentía que había pasado una eternidad desde la última vez que amaneció tan apacible. Sin apuros, dolores, pesadillas, sin nada más que una extraña sensación de que encontraría la forma de salir de tantos embrollos. Se detuvo frente a una puerta enmarcada en madera con acabado grueso y anticuado, observó el vidrio de la ventana de al lado, en el reflejo divisó su camiseta azul, sus jeans no tan ajustados, los zapatos deportivos, tan cómodos como desgastados, y el cabello café obscuro recogido sin mucho esfuerzo en una coleta; tan sencilla como radiante, ni rastro de ojeras en su rostro, solo flameante frescura.
Entró por la puerta a la tienda de artesanías, unos cristales colgantes sonaron a un lado, el olor a sándalo y hierbas la cubrió. La tienda era pequeña, al fondo estaban tres grandes estantes de madera llenos de libros, el olor a papel antiguo también predominaba, mas no había rastro de polvo o suciedad, el techo en esa zona estaba emparchado de candelabros y lámparas pequeñas de pared, al otro lado habían varias mesas y sillas de tallados tan variados como únicos. Frente a ella estaba el gran mostrador y una larga vitrina con incontable cantidad de piezas de porcelana, una jaula metálica colgaba con gracia, una figura verde aleteó de pronto –Oh, hola Federico, me has dado un susto- Fernanda saludó, el loro chilló  y volvió a sacudirse, era un detalle especial de la tienda.
-¿Quién?- Aldana entró por la puerta detrás del mostrador, aquella otra habitación era una pequeña sala que hacía las veces de almacén, tenía un baño y escaleras arriba se encontraba su pequeño y pintoresco hogar, Fernanda conocía bien el sitio –Oh, Fernanda, me alegra tanto verte- sonrió con dulzura mientras limpiaba un recipiente con un viejo trapo -¿Qué es lo que te trae por acá, mi chica grande?
-Yo…-tartamudeó –Tengo un problema, yo quería…- se rascó la cabeza trabucada, debía ser honesta, no tenía idea de qué era lo que estaba buscando, necesitaba ayuda no con uno, sino con mil problemas, tragó saliva y se sacudió un poco, su tía la observaba con expectativa.
-¿Problema?- Indagó la mujer al ver que las palabras no salían de la boca de Fernanda.
-Sí, el problema del sueño- ella improvisó –Pensé que tendrías algo que me ayudara con el insomnio- concluyó.
-Eso…- los ojos de la tía Aldana se hicieron pequeños analizando a su nerviosa interlocutora de pie a cabeza –Y dime, Fer ¿El problema es el insomnio o las pesadillas?- Fernanda pestañeó confundida –Ya me habías dicho que tenías malos sueños ¿Recuerdas?-
-Sí, pero es lo mismo ¿No? el punto es que no puedo dormir, si tu pudieras…-
-¡Qué tontería!-Exclamó Aldana –Por supuesto que no es lo mismo; no poder conciliar el sueño por más que lo intentes y conciliar el sueño, pero que este se vea saboteado por horribles pesadillas, son problemas distintos, con causas distintas- dejó el recipiente y el trapo que manipulaba a un lado –Y por lo tanto, tratamientos distintos-
-Es cierto- Fernanda se sintió un poco desubicada y se sentó en una butaca alta frente al mostrador –Nunca lo vi así, estoy tan ofuscada por no poder descansar-  Su tía asintió ante la respuesta –creo que el problema es lo que he estado soñando- soltó al fin.
-¿Y qué es lo que has estado soñando?- su interés parecía aumentar
-Cosas desagradables, extrañas- analizó un poco -¿Tienes algo que evite las pesadillas?-
-Los sueños, querida, son la más basta y misteriosa  manifestación de lo que cargamos en nuestro interior, lo que recordamos, lo que olvidamos- Su voz se alzó en ese tono que la hacía tan peculiar, siempre hablaba con intensidad –Y nadie puede huir de su propio interior- las piernas de Fernanda temblaron, se sentía nerviosa -¿Tienes algo en particular que esté provocando estas pesadillas? ¿Ansiedades, preocupaciones, dolores?- La voz y la mirada de la mujer parecían escudriñarla como si fuera un objeto desarmable -¿Miedos, quizá? ¿Algo te asusta, hija?-
-Muchas cosas me asustan, suceden muchas cosas a mi alrededor-
-Acabo de decirlo, no es lo que sucede a tu alrededor, es lo que sucede dentro tuyo- Aldana suavizó la expresión, Fernanda se sintió un poco más tranquila.
-Creo que me asusta el futuro- aquello había salido por sí solo, la joven tenía una tormenta en la cabeza y no había sido consciente de ello sino hasta después de poder dormir bien.
-Es posible que tus sueños sean una expresión del futuro- La tía sonrió -¿Recuerdas lo que te conté de tu abuelo Julio?-
-Sí, lo recuerdo, los sueños que eran avisos del futuro, es curioso…- dijo Fernanda, analizó un poco lo sucedido, comentó a su tía los acontecimientos del incendio del bar y su familiaridad con el sueño de las luces de la noche anterior a eso.
-Eso es muy interesante- dijo Aldana, la tristeza y el acongojo llenaron el rostro de Fernanda, narrar aquello le había hecho traer a su memoria el recuerdo de su padre.
-Es como cuando papá…- El estómago se le encogió, como si acabara de encajar una pieza de algo que no deseaba terminar, algo que no deseaba descubrir, Aldana le apretó fuerte las manos, sabía muy bien a qué se refería. Aquel recuerdo se atizaba en su cabeza con fuerza.
Fernanda veía sus escasos ocho años de edad, era una niña alegre y activa, era de noche, todos estaban reunidos celebrando el cumpleaños de un familiar que ella ya no recordaba, estaba dormida en su cuarto, corrió escaleras abajo en sus pantuflas esponjosas y su pijama de osos, interrumpió la reunión de los adultos y abrazó a su padre con los pequeños ojos café cubiertos de lágrimas. Una Ariadna más joven y alegre se levantó alarmada a preguntarle qué sucedía, sostenía a Belén en los brazos, la recordaba como una bebé rosada y regordeta, todos la rodearon.
-¿Qué sucede, princesa?- La voz de su padre era grave y pausada.
-He tenido una pesadilla- Fernanda se secó los ojos con sus diminutas manos –Soñé que desayunábamos todos en la mesa, cuando comenzaste a rascarte el estómago, se movían allí dentro, papá. Después se abrió y empezaron a salir, eran arañas, grandes y negras, eran muchas, salían de tu estómago, tenía mucho miedo-
-¿Quieres decir que mi estómago se abrió y salieron arañas de allí?- Su padre le sonrió y le dio un abrazo -¿Vez lo que sucede cuando vez tantas caricaturas antes de acostarte? Papá está bien, no hay que temer, vamos  dormir- La familia quedó en silenció, la pequeña Fernanda quedó convencida de que todo estaría bien, su tía Aldana la llevó a la cama y la acompañó hasta que se quedó dormida. Una semana después de aquel incidente, llegaron los resultados del médico, el avanzado estado del cáncer de estómago de su padre solo le permitió vivir tres meses más después de aquello. Nadie nunca volvió a hablar de aquel suceso, en cierto modo ella también se lo prohibió a sí misma.
Fernanda se sacudió un poco, todo aquel razonamiento le había caído como un balde de agua fría –Voy a ayudarte- consoló su tía, entró al almacén y salió de inmediato con un pequeño frasco de polvo verde, lucía como hierba molida –Solo quiero que entiendas que no hay nada malo contigo, solo has pasado por cosas muy difíciles, la vida no ha dejado de ser difícil- Fernanda se levantó y dio vueltas en círculos llena de desconsuelo.
-¡No quiero ser la que sueña todo lo malo que va a pasar! ¡No quiero!- Exclamó.
-Y no lo serás – Limpió el frasco por encima –Dime ¿Por qué has venido?-
-Mamá me ha sugerido que te busque- ambas parpadearon analizando la situación, Aldana sonrió.
-¡Por dios! Esto sí que es una novedad, si la escéptica Ariadna te ha recomendado que busques mi ayuda, entonces creo que tú podrás lidiar con esto –Ofreció el frasco con un gesto de confianza –Toma, esto deberá ayudarte con el insomnio, dos cucharadas en un vaso de agua tibia- Indicó.

Fernanda lo tomó y se despidió, tenía mucho que pensar ahora.

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